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Deben quedar ya pocos docentes que no hayan oído hablar de proyectos colaborativos, de ABP, de trabajo cooperativo, etc. Vivimos un momento en el que la palabra “proyecto” vive su edad dorada; incluso el BOE en su edición de 29 de enero de 2015 recoge en sus prosaicas páginas un encendido elogio de la colaboración docente, del aprendizaje significativo contextualizado, de los enfoques comunicativos y del uso de las TIC con fines educativos, elementos nucleares de cualquier proyecto colaborativo que se precie. Podríamos pensar que los proyectos han gozado de buena prensa en todo momento, pero hasta llegar aquí ha sido preciso recorrer un camino no siempre sembrado de flores. En las siguientes líneas voy a trazar un recorrido sumario por la historia de los proyectos colaborativos en nuestras aulas, centrándome en proyectos educativos ligados a las TIC y a la interacción entre docentes a través de las redes. Será por supuesto un viaje muy personal, un panorama muy subjetivo de mi vivencia como experimentador de ese cambio  metodológico. Será la crónica de la consolidación de los proyectos del génesis a la revelación.

Proyectos antes del aula.

No podemos negar que la teoría que sustenta los proyectos colaborativos ya viene de lejos. Este artículo no pretende repasar ese fondo teórico, sino mostrar cómo al amparo de las TIC, los proyectos se hicieron colaborativos gracias a Internet y a las redes educativas. En un principio, la colaboración entre docentes se fundamentaba en la blogosfera, ese entramado de blogs de profes que dedicaban parte de su tiempo libre a compartir en la red experiencias educativas. En esa blogosfera cuajaron los primeros grupos de innovación con las TIC: Aulablog, Espiral, Novadors o el Encuentro Andaluz de Blogs Educativos (EABE), todavía vigentes. De aquellos grupos surgieron a su vez las primeras actividades colaborativas, primero en estado embrionario, sin aplicación directa al aula. La Declaración de Roa, los homenajes colaborativos, los grupos de trabajo en Internet en el aula o los innumerables memes educativos que llenaban los blogs son muestra de ello.

En mi viaje particular tengo dos referentes que me hicieron considerar el potencial de las redes. El primero fue el homenaje poético en la muerte del poeta Ángel González, una sencilla propuesta lanzada desde el blog que recogía en una wiki los podcasts de decenas de docentes recitando sus poemas. Estábamos en 2008, con Facebook en pañales y siendo Twitter una plataforma extranjera sin apenas implantación. Sin embargo, las TIC permitieron trabajar juntos en un proyecto, sin barreras geográficas ni limitaciones del claustro. Un par de meses más tarde surgió Internet en el aula, un sitio destinado a conectar a los docentes más inquietos de la red. Uno de los primeros grupos que se formó dentro de la plataforma fue el que luchaba por un reconocimiento oficial del trabajo con las TIC; más que una exigencia en forma de créditos o méritos, lo que se pretendía era visibilizar el trabajo de los docentes actualizados en las tecnologías educativas y de promover los proyectos en red dándoles el aval de unas instituciones que por aquel entonces permanecían ajenas a la blogosfera educativa. Sin duda, hubo mucha más colaboración entre docentes, pero he querido rescatar estos dos ejemplos que marcaron mi convicción acerca del certero camino de la cooperación en red.

 

El boom de los proyectos.

La puesta en marcha del plan estatal Escuela 2.0 comenzó a dar credibilidad a toda aquella faena soterrada que se venía desarrollando por parte de docentes dispersos en las redes. No entraré a valorar la eficacia, el alcance ni el avance metodológico que supuso este plan, pues no es relevante para los fines de este modesto artículo. Hubo aciertos y errores, como en todos los proyectos ambiciosos que no tienen una visión a largo plazo, pero en mi opinión sirvió al menos para que se hiciesen visibles muchos proyectos colaborativos y para que se subiesen al carro de Internet muchos docentes que habían permanecido hasta entonces como meros observadores. Resulta complicado hacer balance de proyectos interesantes de aquella época, porque todos tenían su mérito educativo y un buen puñado de docentes ilusionados detrás. Muy cercanos a mí, por su trascendencia y por haberlos llevado al aula, están el Homenaje a Miguel Hernández o los Callejeros literarios, dos clásicos dentro de los proyectos colaborativos en el área de lengua y literatura. Pero ahí estaban también Manzanas rojas, Construyendo historias, Poesía eres tú, Nuestros pueblos,  Kuentalibros, Maleta de recursos, etc. Por lo general, estos proyectos estaban diseñados por varios docentes que aportaban diversos puntos de vista y enriquecían así el diseño y la aplicación directa en el aula, garantizando así su eficacia bajo contextos educativos diversos. La generalización de las redes sociales dio a estos proyectos una dimensión amplia, más allá de las audiencias de los blogs. Los proyectos se hicieron colectivos y en sus páginas se enlazaron los trabajos de decenas de docentes que se habían animado a participar, atraídos por lo sugerente del proyecto, por su soporte didáctico o por la difusión del trabajo de su alumnado.

Sin embargo, el boom de los proyectos trajo consigo también una necesidad de replantear la metodología empleada en ellos. En los primeros congresos y jornadas sobre Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP o PBL), ya se cuestionaba si todos los proyectos eran de calidad, si todo el monte era orégano. Era necesario conjurar a los teóricos para que pusiesen coto a una efervescencia de proyectos que no siempre aportaban una mejora metodológica. Resumiendo algunas de esas teorías, un buen proyecto colaborativo que se fundamente en el ABP debería contemplar al menos estos requisitos:

  • Proponer una idea o pregunta conductora que genere un producto original
  • Diseñarse en colaboración con otros docentes
  • Desarrollar un enfoque por competencias
  • Conceder más importancia a los procesos que a los resultados
  • Inscribirse en el contexto real del alumnado
  • Promover el trabajo cooperativo en el aula
  • Fomentar la participación de otras personas e instituciones dentro y fuera del aula
  • Desplegar instrumentos diversos de evaluación
  • Exigir el manejo de herramientas digitales
  • Buscar la difusión del trabajo del alumnado en el contexto real y en las redes sociales
  • Establecer mecanismos de reflexión, revisión y supervisión didáctica

Todas ellas son premisas que deberían establecerse como objetivos ideales, no siempre alcanzables en todos los proyectos. Establecidos esos criterios, igual que la depuración de las vanguardias dio lugar a la genial Generación del 27, la reflexión teórica sobre el ABP vino a calmar el turbulento mar de los proyectos colaborativos.

Ponga un ABP en su aula.

Con el desembarco teórico, los proyectos colaborativos encontraron sustento metodológico y apoyo moral. Muchos docentes que se habían sentido extravagantes en sus centros por proponer tareas colaborativas -que habían consensuado en Internet con otros profes igualmente extravagantes- vieron de repente que catedráticos, investigadores y guruses educativos con títulos de sir les daban la razón y decían que estaba muy bien eso de trabajar de manera cooperativa, por proyectos, en la red y con intervención de las tecnologías educativas. Amparados por esas grandes figuras de la intelligentsia educativa, las administraciones se apresuraron a promover la formación en estos nuevos métodos. El ABP se había convertido en trending topic, incluso en las aulas, aunque muchos docentes tampoco supieran muy bien si lo estaban cocinando con el punto de sal y calor exigidos. En estos años, que son los que vivimos, los proyectos colaborativos siguen vivos en la red y, curso tras curso, cientos de docentes se animan a promover o a sumarse a alguno de ellos. Por citar unos pocos, otra vez de los que me pillan de cerca, ahí están Un paseo con Antonio Machado, El Barco del Exilio, Piénsame el amor y te comeré el corazón, Cero en conducta, el Quijote News. Pero a golpe de clic se encuentran muchos más: InfoEDUgrafías, Palabras Azules, LÓVA, El sonido que habito, The ESL Times, Maderas que son violines, Van Gogh 2015, Salvar la Amazonia, Proyecto Cártama...

Desde las instituciones, además, se realizan cientos de cursos de formación del profesorado con el fin de dar a conocer nuevas metodologías, insistiendo especialmente en el trabajo por proyectos y en la educación conectada en las redes. Me consta que muchos docentes están “saliendo del armario” de sus claustros para mostrar que llevan tiempo trabajando en proyectos sin saber que lo suyo era ABP, con mayor o menor pedigree, que eso no importa. Lo que sí importa es que a esos proyectos docentes les suele faltar el elemento colaborativo, para muchos el hecho diferencial que permite a un proyecto enriquecerse con las aportaciones de otros puntos de vista, con las dudas del resto de docentes, con las diversas soluciones de otro alumnado distinto del nuestro. El reto de trabajar en equipo sigue vigente, sobre todo en un colectivo como el nuestro, tan entregado desde siempre al trabajo en solitario.

¿La revelación o el apocalipsis?

El momento climático de este viaje, como apuntaba al comienzo de este artículo, es la publicación en el BOE de enero de unas orientaciones metodológicas que coinciden casi palabra por palabra con los principios de los proyectos colaborativos. El ABP es la palabra revelada en el BOE y todos nos postramos ahora ante ella, aunque sea por imperativo legal. A pesar de esa aparente buena salud institucional, personalmente me asusta la posibilidad de que lo que empezó siendo una propuesta de cambio metodológico se convierta en un nuevo paradigma jerarquizado, encorsetado y burocratizado. No sé si este temor se debe a mi visión histórica de ese proceso largo de implantación que he tratado de resumir en este artículo. Quizá me deje llevar por la nostalgia de haber sido un docente casi clandestino en algún momento, cuando he defendido las competencias por encima de algunos contenidos que las lecturas más tradicionales de los sacrosantos currículos daban por imprescindibles. Después de verlo consagrado y convertido en Orden Ministerial, tal vez el ABP requiera, como el Ave Fénix, inmolarse y resurgir de sus cenizas para volver a ser esa metodología que nos ilusionó a muchos durante tanto tiempo.

 

Toni Solano

Docente de Lengua y Literatura en el IES Bovalar de Castellón de la Plana. Imparte cursos de formación del
profesorado relacionados con las TIC y ha sido profesor de Didáctica de la Lengua en la Universitat Jaume I.
Mantiene desde hace años el blog Re(paso) de lengua, desde el que difunde sus proyectos de aula. Participa
activamente en diversas redes sociales educativas; en Twitter es @tonisolano

 

Publicado Por CITA

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Editores: Javier Iglesia Aparicio · CITA , Editores Biblioteca Escolar Digital · Centro Internacional de Tecnologías Avanzadas

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